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Bailando la Palabra, jornadas de danza y reflexión.
Este video es un resúmen de lo que fueron los encuentros del proyecto Bailando la Palabra, ganador del Fondo Fortalecidas de la Intendencia de Montevideo. En éstos encuentros nos propusimos bailar y reflexionar sobre qué relaciones y roles nos proponen las danzas populares y sobre cómo las experimentamos desde la perspectiva de género. Se realizaron 4 instancias abiertas y gratuitas, para trabajar en las performatividades del Tango, Candombe y Folclore con un gran baile final con las tres danzas.
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Estos encuentros fueron promovidos por el Colectivo Periférico. https://perifericotango.com/
Federica Folco / Sofía Lans / Gabriela Farías / Fernanda Gandolfi / Ángela Ramírez / Andrea Ghuisolfi / Sofía Córdoba
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BAILANDO LA PALABRA
jornadas de reflexión y danza
Este texto es una creación colectiva que emerge del deseo de compartir la reflexión producida en el marco del proyecto “Bailando la Palabra / jornadas de danza, reflexión y género”, del Colectivo Periférico, (Montevideo 2018). Y tiene la intención de generar un antecedente, que aporte a futuras reflexiones sobre estas danzas, que hasta el momento son escasamente sistematizadas en textos.
El proyecto surge a partir de reconocer la necesidad, de nosotras y de nuestra comunidad, de abordar desde la reflexión crítica, las performatividades de las danzas populares, candombe, tango, folclore desde una perspectiva de género. Escribir con la atención de incluir las voces de todas y todos quienes participaron en los 3 encuentros dedicados a cada danza. Sin desconsiderar que lo aquí escrito son nuestras apreciaciones.
Las jornadas fueron espacios de trabajo horizontales y colaborativos. Intercalamos el baile con instancias de observación, análisis y escritura. La metodologia de trabajo desplegada, dió lugar a que emergieran preguntas, quedando en evidencia a través de las mismas, las necesidades de quienes participaron sobre qué pensar en cada danza. ¿Qué sucede cuando nos proponemos reflexionar sobre nuestros vínculos en las danzas populares y tradicionales? ¿Cuáles son las experiencias que destacamos, y en qué medida están atravesadas por el género? Abordamos estas preguntas desde el movimiento, habitando una particular manera de sentir-pensar-actuar.
Los sentires y reflexiones de cada participante forman parte de una subjetividad constituida en base a identidades y símbolos de género que operan a nivel cultural, pero también en base a experiencias específicas de cada trayectoria en relación a la danza.
Partimos de la idea de que bailamos estas danzas sabiéndolas creadas por procesos históricos, culturales y políticos de determinadas comunidades: son devenir, movimiento y transformación. La danza es género, afecto, cuerpo, sexualidad, política, etnia, territorio y mucho más, incluso lo que no podemos clasificar.
Las preguntas que surgieron de los grupos que se conformaron en las jornadas, nos habilitaron a pensar los modos de relacionarnos en las danzas populares, haciendo especial foco en el género, y las dimensiones que lo atraviesan como lo generacional, territorial, étnico y de clase.
Descubrimos que en ellas, hay una división respecto a las performatividades que están relacionadas con la construcción social de las categorías de hombre y mujer. Las relaciones de poder establecidas están atravesadas por los roles de género; tomando formas específicas en cada danza. Aún puede ser una experiencia hostíl cuando las mujeres queremos experimentar tocar el tambor, zapatear o guiar en el tango.
Las prácticas en danza tienen, como toda práctica, formas establecidas que deben seguirse para poder ser parte de ellas. Las personas reproducimos modos pero, también proponemos alteraciones hábiles y creativas, no sin resistencia mediante. Reconocimos la tendencia a relacionar ciertos pasos, movimientos o roles, con el género – como en la vida social – un repertorio de comportamientos acorde a la división sexual del baile. Nos preguntamos hasta dónde podemos actualizar en ella lo que nos sucede hoy, y hasta dónde apreciamos y veneramos de ella lo que nos fue transmitido. Y cómo la danza puede ser un espacio de transformación, creación y puesta en acción de modos de ser plurales.
Sobre la jornada de folclore
Siendo mayoría de mujeres, entre risas y miradas, bailamos con la pregunta disparadora; ¿Qué relaciones nos proponen las danzas folclóricas? A partir de aquí surgieron: ¿Cómo nos condiciona la forma? ¿Cómo son o cuáles pueden ser los caminos para modificarla?¿Cuánto hay que preservar para que una danza no pierda su “identidad”? El control sobre los roles en el baile ¿es la perpetuación del control sobre los roles de género?
En el folclore, se puede ver claramente cómo los roles están relacionados al género. Nos detuvimos sobre sus formas y los significados atribuidos a sus diversas figuras. El zarandeo y zapateo son figuras clásicas que tradicionalmente proponen roles a ocupar, éstos se relacionan con la clasificación de mujer (zarandeo) y hombres (zapateo). Mientras bailamos, pudimos sentir los diversos estereotipos de lo femenino y masculino ¿Necesitamos el binarismo mujer – hombre para bailar? Para muchas, no. “Cuando bailo con la pregunta de si hay una necesidad de equilibrar heteronormativamente, desde la perspectiva tradicional de esa danza que está construida en una sociedad heterormativa, la danza entre el zarandeo y el zapateo, lo que se me plantea es cuál es mi motivación para hacer uno o el otro, tiendo a zarandear, me sale.. tendemos a naturalizar lo que se nos impone silenciosamente, entonces mi motivación está dirigida por mi género.” Las interpretaciones que se puedan hacer sobre el valor de los movimientos son relativas.
La mirada emergió y se impuso, siguiendo los estereotipos del cortejo heterosexual heteronormativo que de alguna forma el baile simboliza de un modo más moderado. Surgió la conversación sobre el acoso como algo socialmente establecido. “Bailar folclore … es una danza de a dos y el punto de contacto más fuerte son los ojos, ¿sostengo la mirada durante toda la danza, doy una vuelta para descansar miro el piso, o me presto al desafío de sostenerla todo el tiempo?, o será que lo estoy mirando mucho? Que nervios que me da, prefiero no mirar! ¿Si sostengo la mirada significa que estoy seduciendo?”. Bailar con hombres casi siempre conlleva la posibilidad de que se interprete algo más allá de la danza, nuestros gestos pueden ser entendidos como provocación o invitación a continuar el encuentro más allá. Nosotras tenemos que lidiar con esta posibilidad, pero también ellos tienen que atender que hacer y que no para que nos interpretemos correctamente. Son modos de actuar que incorporamos y naturalizamos. ¿Será que los hombres necesitan estar probando su masculinidad y que su identidad siempre debe ser afirmada? Se observa la necesidad que tienen de las otras para reafirmar su lugar. Y las mujeres somos, muchas veces, el instrumento a través del cual pueden probar esa virilidad. Y nosotras, ¿necesitamos reafirmar nuestra femeneidad? ¿Es a través de ellos que la afirmamos?.
Habilitamos la posibilidad de bailar con alguien del mismo género. “Creo que lo lúdico es una forma de zafar de las complejidades que nos propone la danza. Cuando bailo con una mujer mis emociones, posturas, miradas y modos están más organizados, porque lo aprendí. Cuando bailo con otro hombre me pasan otras cosas que no sé definir, de hecho me invade la incomodidad, me enfrento al desconocimiento de cómo relacionarme ¿qué hago con esto?”. Dos hombres, luego de bailar juntos nos contaron, que para ellos era nueva esta experiencia, y que les costó mirarse a los ojos. Uno de los participantes compartió su experiencia como varón, mencionando que no se identifica con los tradicionales modos masculinos de seducir y de uso poder.
¿Somos inclusivas cuando bailamos folclore respecto a la diversidad de género?
Las categorías hombre – mujer, funcionan como el binomio en el que se estructuran los roles de la danza, al igual que el lugar que cumple el sexo biológico como sustrato a partir del cual habitualmente se actúa el género. A partir de esto, no habría lugar en las danzas folclóricas para los modos disidentes de ser, es nuestra intención buscar alternativas para que las danzas sean un espacio de inclusión. Expresamos el deseo de crear otros vínculos dentro de la propia danza, de encontrar modos diversos de relacionamiento que dejen espacios para las pluralidades.
Sobre la jornada de Candombe
¿Qué nos permite el candombe? A partir de la pregunta surguió: dada su característica colectiva; bailamos desde la alegría, apareció lo terrenal, las calles, lo popular, la fiesta, el concurso, la identidad, el género, las clases sociales, lo común y el ritual.
Para algunas personas afrodescendientes presentes en la jornada, el candombe implica una danza de antepasados que debe ser puesta en práctica y transmitida con mucho respeto, por las implicancias afectivas, culturales, sociales y políticas que posee. Por este motivo fue importante destacar la idea de que cada persona es agente de transformación actual y hay una responsabilidad como comunidad de transmitir y preservar el candombe como reivindicación de una cultura afro, y no como un simple divertimento o espectáculo.
La característica de ritual – entendido como la performativización de un sustrato simbólico que intenta comunicar algo – está presente en todas estas danzas, pero en el candombe cobra una fuerza mayor porque es una expresión colectiva, religiosa e histórica de una comunidad que ha sido sistemáticamente invisibilizada y violentada. Para algunas personas, el candombe como expresión ritualística de “lo afro” supone entenderlo como una práctica política, rescatando la necesidad de experimentarlo como un recordatorio del pueblo, de su necesidad de rebelarse cuando las condiciones sociales e históricas los oprimen.
Nos preguntamos cuál es el rol de la mujer en el candombe, algunas expresaron que bailar implica apropiarse de algo que es parte de ellas y que a través del baile se recupera. Bailar se presenta como un fuerte empoderamiento como afrodescendiente y como mujer. Sin embargo para otras, el lugar del baile es un espacio estereotipado en el que se las coloca automáticamente, el cual no necesariamente desean ocupar.
Afloran sentimientos que tienen que ver con el diálogo entre la danza y la música, lo ancestral, con el trance, lo religioso, el goce, las figuras y los roles típicos de las comparsas, como la bailarina, el gramillero, el tocador, la mama vieja, entre otros. En esta jornada no tuvimos la posibilidad de acceder a la dimensión religiosa que es parte del candombe. Haber accedido a esta nos hubiera permitido, tal vez, conocer otras formas de vivir el género y sus jerarquías, distintas a las hegemónicas.
En general el cuerpo de baile está compuesto por mujeres. En este sentido sería interesante pensar en qué medida el baile es un destino fijo si se es mujer, al igual que el toque si se es hombre, y cómo se dificulta para ambos géneros incursionar en el terreno “opuesto”. Varias mujeres expresaron que les gusta tocar el tambor, lo cual nos hizo reflexionar sobre la dificultad que implica incursionar en dichos terrenos. Muchas veces pareciera que el toque – y es indisociable el hecho de que sea protagonizado por hombres – es una actividad jerarquizada, de más valor, en relación a la danza.
Hablamos acerca de los tipos de cuerpos que son aceptados en el ámbito del candombe y qué lugares se les otorga. Hay un cuerpo estereotipado en el imaginario que ocupa los lugares principales y jerárquicos especialmente en los desfiles. Esto trae aparejada otra de las discusiones que se mantuvo: las relaciones jerárquicas al interior de las comparsas. Bailar al lado de los tambores, ser jefe de cuerda, la importancia de ciertas figuras, a qué barrio perteneces, y diferencias entre comparsas barriales y grandes conjuntos. También se abordó extensamente la transformación que ha sufrido el candombe, desde la perspectiva de las industrias culturales.
A diferencia del folclore y el tango, el candombe no posee una estructura tan estrictamente marcada, aparentemente se puede bailar como cada una quiera y esto para muchas hacía del candombe una danza más inclusiva, sin dejar de saber que hay unas formas específicas para hacerlo. Apareció la idea de seducción, entendimos a la sensualidad como una característica de esta danza y no necesariamente como conquista. En este sentido, la mirada de quienes están espectando puede aparecer como potenciadora o inhibidora.
Encontramos en el candombe un espacio para la diversidad, este es conformado por personas que responden a los estereotipos hegemónicos de hombre y mujer así como también por personas con modos disidentes de ser.
Sobre la jornada de Tango
El punto de partida en esta jornada fue la pregunta ¿cuáles son los modos de relación que nos propone el tango? Intimidad y erotismo, el status que nos da el conocimiento y como condiciona las relaciones, códigos, estilo, las situaciones de poder, estereotipos de cuerpo, preservación y como los cambios pueden ser una amenaza o una oportunidad.
La danza del tango tradicionalmente está estructurada en base a un rol “guiador” y otro que es “guiado”, lo cual coincide de manera directa con los roles de género, el hombre es el que guía el baile y la mujer es guiada. Esta característica es determinante a la hora de reflexionar sobre el género en esta danza. La voz autorizada es la del hombre y les da un lugar de jerarquía al: elegir quién baila, determinar la circulación de la pista, interpretar la música, como es el abrazo y proponer los pasos. En relación a este código, algunas mujeres manifestaron que les resultaba dificultoso sacar a bailar. Últimamente esto se ha puesto en cuestión modificandose las lógicas habituales de relación. “Estar expectante a que alguien me invite a la pista, que nadie lo haga, o adquirir la iniciativa para hacerlo, es una situación que me provoca ansiedades o inseguridades”.
El asunto de la responsabilidad es algo que surgió y aparece como central en algunos discursos que mencionan la importancia de que “las cosas salgan bien”. Algunos hombres expresaban que si bien eran abiertos a la posibilidad de que la mujer proponga, ese proponer debía ser claro y tomado en serio, en el entendido de que sentían que de lo contrario el baile “se hundía”.
El estereotipo del rol que guía, está ligado al estereotipo hegemónico de hombre: sostén, confianza y responsabilidad. Así como también el rol del que sigue está ligado al estereotipo hegemónico de mujer, elegante, sumisa, liviana y sutíl. “Me siento cómoda porque el compañero me da fortaleza, me crié en ese rol de dejarme llevar. Siempre yo en ese abrazo donde mi padre representaba la fortaleza, la fuerza y la protección. Me enseñó mi padre que el rol de la mujer era ese. Proteger era para el hombre, así era cuando yo era chica. Ahora estamos cambiando y me parece bien, pero me cuesta porque me siento más segura cuando bailo de esa manera. Estoy contenta de que cambie pero es difícil adaptarse”. Personas mayores de 50 o 60 años observan hoy costumbres que no eran comunes décadas atrás. En este sentido la intervención de personas de mayor edad daban cuenta del desafío que supone – incluso en términos emocionales – acostumbrarse a nuevas modalidades de bailar y vivir el ambiente del tango. Experimentamos las dificultades que aún hay para deconstruir la masculinidad como autoridad indiscutible, visualizando que los cambios por más que los deseemos son difíciles de llevar a cabo.
Quienes experimentaron por primera vez los cambios de roles, expresaron que fue un ejercicio que les hizo estar atentas, pues debieron reprogramarse para bailar del lado “opuesto” al aprendido. Reconocimos que cuando sacamos a bailar, damos por supuesto que debemos proponer o responder “bien” a lo que el otro u otra proponga, es decir, tener un buen desempeño. Esto evidenció que las lógicas de poder en el tango también están ligadas al conocimiento legitimado.
El disciplinamiento de los cuerpos en los espacios sociales están organizados en base a técnicas corporales específicas en las que no está previsto tocarse, acariciarse o abrazarse sin un vínculo íntimo que lo justifique. Sin embargo en el tango se habilita una proximidad poco habitual, tener un abrazo tan íntimo no es común, entonces nos provoca. Necesitamos preguntarnos por qué lo sexual aún es un tabú, por que nos cuesta hablar de lo que nos pasa y admitir que la danza también tiene que ver con lo erótico. ¿Hasta dónde podemos llevar nuestro deseo sin ser condenadas, ni condenarme por eso? ¿Cuanto nos determina el género a la hora de relacionarnos eróticamente?
Apareció como alternativa para bailar, primero que el rol no esté ligado al género y posteriormente compartir la responsabilidad de conducir la danza, que ambas personas guíen. “¿Bailamos? ¿Nos llevamos un tango y un tango o cambiamos en el medio?, ¿me guías tú o te guío yo? Capaz deberíamos habilitar el acuerdo, que las personas implicadas en la danza vayan construyendo y proponiendo que danza quieren bailar.”
A modo de cierre
La ficción que se sostiene a través de la estricta división entre lo individual y lo social reproduce la idea de que lo privado, las emociones, lo íntimo, es una esfera separada de lo público, lo colectivo y las costumbres culturales. Esta separación es una idea occidental y moderna que sostenemos culturalmente porque nuestras vidas están organizadas en base a esta división, pero que sin embargo no deja de ser una manera creada de categorizar nuestra experiencia. Nuestro mundo “individual” que se corresponde con nuestra trayectoria de vida, nuestros eventos biográficos, la posesión de un cuerpo y sus límites, y proyectos personales, está absolutamente ligado, determinado y se corresponde con las estructuras sociales y políticas más generales. Decíamos entonces, que lo individual está absolutamente determinado por las condiciones sociales, lo cual hace que podamos cuestionarnos cuáles son los límites de cada una de estas categorías.
Pensar en estos aspectos es clave para desentrañar el modo en que operan las categorías de género en estas danzas. El genero entendido de modo binario hombre – mujer, se presenta como relación de poder que organiza el afecto, el deseo, lo erótico, la sexualidad, las emociones, la performatividad y los modos de producción de la vida material. Es un vínculo de poder a partir del cual se construye una moralidad de los comportamientos, entendiéndolos como adecuados o reprobables en función de quien los desempeña y en qué medida son o no un desajuste del “deber ser”. Las danzas no están excentas de las relaciones de poder ni de las moralidades que giran en torno a las construcciones de identidad.
Entender que el género es una categoría a partir de la cual se articulan algunas de las relaciones de poder, es comprender que lo masculino suele ser valorado como una identidad superior a la femenina, al margen de quién encarne esa identidad. El lugar tradicionalmente dado a lo femenino ha invisibilizado históricamente la capacidad que tenemos las mujeres de actuar en el mundo, de ser nosotras las provocadoras de lo que sucede. Y a su vez, esa división binaria del género, excluye todo otro género que no se explique ni se adapte a esta estructura.
Evidenciamos la tensión entre los cambios y la permanencia, entre la tradición y actualización de movimientos, emociones, significaciones y subjetividades. Los relacionamientos que se producen en estas danzas quisieramos que sean actualizados respondiendo a las necesidades expresadas por muchas personas, ya que las finalidades y los sentidos que tiene el baile son, evidentemente, diversas como las personas.
Celebramos la oprtunidad de estas jornadas de encuentro, donde pudimos bailar y pensarnos en colectivo. Para quienes participamos de las jornadas, quedó en evidencia la necesidad de conversar sobre el género, lo que sentimos y lo que nos pasa cuando bailamos. Agradecemos a todas las personas participantes de las jornadas y a quienes nos hicieron llegar sus reflexiones.
Bailando la palabra, fueron jornadas de danza y reflexión, promovidas por Colectivo Periférico, llevadas adelante por referentes de las danzas Folclóricas, Candombe, Tango y temáticas de género, siendo el equipo: Andrea Ghuisolfi, Gabriela Farías, Ángela Ramírez (Mazumbambera), Fernanda Gandolfi, Federica Folco, Sofía Córdoba y Sofía Lans. Las mismas se desarrollaron el 12 de mayo, en Enlace IM, el 26 de mayo en la Casa de la Cultura Afro Uruguaya, el 9 de junio en La Cantina Villa Española, y el 16 de junio en Enlace IM. Este proyecto fue realizado con el premio de Fortalecidas, fondo para el empoderamiento de las mujeres en su edición 2017-2018 de la Intendencia de Montevideo.
Este texto fue escrito por: Fernanda Gandolfi, Gabriela Farías, Sofía Córdoba, Federica Folco y Sofía Lans.